divendres, 13 de desembre de 2013

“La idea es ir de los recursos finitos a los infinitos”


René Ramírez, secretario nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación, reflexiona cómo el actual régimen pretende construir una economía basada en el conocimiento y la creatividad del talento humano de los ciudadanos.

René Ramírez. Máster en Economía del desarrollo por la ISS de La Haya, Holanda, entre otros.
Actualmente es Secretario nacional del Senescyt. Foto: Marco Salgado | El Telégrafo

Orlando Pérez Director EL TELÉGRAFO

La naturaleza de la disputa política no se reduce a la lucha electoral o a la búsqueda de espacios en las instituciones estatales. Tras varios debates lo evidente es que si hay una luz al final del camino en la construcción de otro tipo de sociedades, distintas al capitalismo tradicional, esta se iluminará en el terreno del conocimiento.

En América Latina pensadores como Álvaro García Linera o René Ramírez han colocado las pautas para esta discusión más allá de las disputas partidistas. El propio presidente Rafael Correa ha dado pie a debates que sobrepasen el trillado modelo de desarrollo y ha planteado otras formas de concebir el escenario de la equidad, la justicia y el socialismo a partir de búsquedas y encuentros con la sabiduría y el conocimiento.

De ahí que se hace necesario conversar sobre este tema y para ello René Ramírez, actual secretario nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt) e intelectual de profundas reflexiones y propuestas, es la persona que más genera estas discusiones.

¿Qué implica construir una economía basada en el conocimiento? 
Una de las propuestas programáticas centrales de este Gobierno constituye pasar de la economía de los ‘recursos finitos’ a la de los ‘recursos infinitos’. Es decir, de ser un país primario exportador y secundario importador a construir una economía basada en el conocimiento y la creatividad del talento humano de sus ciudadanos y ciudadanas. Los recursos naturales son finitos y perecibles. Las ideas, la innovación, la creatividad y la cultura no tienen -a priori- más límites que los éticos.

Podría entenderse esto como un ‘capricho’ del gobierno... 
No es por capricho que el Gobierno dé tanta importancia a la educación superior y a la investigación científica: becas, crédito educativo, fortalecimiento de las universidades y de los institutos técnicos y tecnológicos, evaluación y acreditación de universidades, mejora salarial de los docentes/investigadores, inversión de casi 2% del Producto Interno Bruto en educación superior, la edificación y financiamiento de Yachay, Ikiam, Unae, Uniarte, etc. Este conjunto de reformas procuran crear el entorno académico e intelectual más propicio para el cultivo de la investigación, la cultura, la ciencia, la reflexión crítica y el conocimiento de punta. En este marco, es necesario trabajar en dos sistemas: el de educación y el de innovación. Este Gobierno, en estos casi siete años, ha avanzado significativamente en el sistema de educación (aunque falta mucho por hacer), pero todavía tiene pendiente construir un sistema de innovación social.

¿Qué componentes tiene este sistema de innovación social? 
El modo en que opera la innovación en una sociedad depende, como siempre, de elecciones políticas fundamentales. En los países de capitalismo avanzado, la innovación va de la mano de las necesidades de acumulación de las grandes empresas y transnacionales. Las universidades y los científicos se adosan a esa dinámica y terminan por investigar según intereses particulares (sin negar que en algunos casos ello puede ayudar a intereses más amplios).

Pero el comercio mundial marca la pauta de lo que se debe investigar y producir. 
En efecto, las actuales reglas de juego del comercio mundial han producido un perverso fenómeno: la “tragedia de los anticomunes”. Este ha involucrado la hiperprivatización, el sobrepatentamiento y la hiperconcentración del capital por parte de aquellas instituciones que financian la investigación e innovación; lo cual ha generado un subuso social del bien conocimiento. Romper con tal tragedia, recuperar el sentido de lo público y democratizar el acceso y usufructo a este bien es el núcleo central de la economía social del conocimiento y del sistema de innovación social. El fin último de la innovación no debe ser la maximización de utilidades sino generar economía que permita satisfacer necesidades, garantizar derechos y potenciar capacidades individuales, colectivas y territoriales.

Para conseguir tales objetivos es necesario desarrollar, como parte del sistema de innovación social, los subsistemas de: talento humano; investigación; financiamiento e infraestructura científica y de innovación; y, de gestión de los derechos de propiedad. Justamente estos cuatro subsistemas plantean una mirada y tratamiento integral del recorrido que sigue la generación de saberes y conocimientos hasta su acceso libre y utilización social.

Rafael Correa señaló que la propuesta presentada implica un cambio entre el enfoque del capitalismo cognitivo y el que ustedes han denominado “economía social del conocimiento”. ¿Cuáles son las principales diferencias? 
El capitalismo, en general, busca privatizar todo, mercantilizar todo. Si pudiera mercantilizar el aire, lo haría (en realidad tengo entendido que ya existen cámaras donde la gente paga por respirar aire puro). No obstante, la naturaleza del conocimiento es su carácter o condición de bien público: no registra ni la exclusión ni la rivalidad de un bien privado. Es un recurso infinito que se puede distribuir libremente con mucha facilidad si no existiesen trabas institucionales. Por ejemplo, un libro o un software se pueden publicar en Internet para que todos hagamos uso de ellos. Por más que una persona lo use no habría, inicialmente, impedimentos para que otros lo hagan. Asimismo, sin barreras ad hoc no habría forma de excluir a nadie de su disponibilidad y usufructo. Esto es justamente el punto central que reconoce y, por ende, norma la economía social del conocimiento.

En el caso del capitalismo cognitivo, este ha construido regulación mundial que viabiliza la privatización y mercantilización del bien conocimiento. Esto se ha procesado a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), de los Tratados Bilaterales de Inversión o de los acuerdos bilaterales/multipartes de comercio. Es obvio que los países industrializados buscan estos sistemas mercantiles del conocimiento/tecnología dado que ellos son los poseedores de los saberes de punta. Por su parte a los países del Sur nos queda reservado tan solo el papel de “ser consumidores” de la ciencia, la creación y la innovación del Norte.

¿Cuál es la relación existente entre el cambio en la matriz productiva y la economía social del conocimiento? 
Un cambio en la matriz productiva implica un cambio en la matriz cognitiva. Creo que los países del Sur vivimos un segundo neodependentismo; mucho más letal que el primero que se basaba en los bienes industrializados. Esta nueva dependencia se estructura a través del conocimiento, la mente-factura. El mercado y su mano visible, en esta nueva etapa del capitalismo, hace su mayor planificación: programa la obsolescencia y el deterioro de los bienes del mercado. Cuando compramos -por poner un ejemplo- un celular, usualmente la transnacional que lo ha fabricado ya sabe hasta cuándo funcionará, cuándo ofertará su nuevo producto a los consumidores y cuándo quedará obsoleta la tecnología recién puesta en el mercado.

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