diumenge, 2 de febrer de 2014

Antonio Turiel: "El curso concreto del futuro dependerá por completo de nuestras acciones"

la calamanda, 31/01/14

“Se puede especular sobre cuándo exactamente llegará el declive productivo de tal o cual materia prima, pero es indudable que llegará, y más pronto que tarde” 



alícia coscollano


Cuando Antonio Turiel era un adolescente dudaba entre cursar estudios de Ingeniería o de Ciencias. Al final se decantó por estos últimos, como él explica, “puesto que encontraba más satisfactorio intentar entender la Naturaleza que entender cómo funcionaban los dispositivos de los hombres para aprovecharse de la Naturaleza”. Turiel encontró la motivación que le impulsó a continuar estudiando e investigando, entre otros factores, gracias a maestros que “me transmitían amor por sus disciplinas, la fascinación por lo desconocido, el ansia de saber más..”. Para este físico y matemático que desarrolla su investigación en el Institut de Ciències del Mar de Barcelona (CSIC), el universo científico continua siendo un lugar fascinante, “la Ciencia ha sido para mí una fuente de desafíos y de sorpresas, y aún hoy me maravillo cuando descubro algo nuevo, una nueva pieza del inmenso rompecabezas”.


¿Qué es lo que te ha aportado la ciencia? ¿Qué nivel de satisfacción?

La Ciencia te cambia; cambia tu manera de pensar, te hacer ser crítico con todo, no sólo con tu campo de trabajo sino con toda la realidad. Y en cuanto levantas los ojos de tu experimento en el laboratorio o de la pantalla de tu ordenador y miras a tu alrededor, a nivel ecosistémico, ambiental, de recursos, de distribución de la riqueza... La primera vez que lo haces piensas: “no puede ser que seamos tan necios; me he debido equivocar al valorar las cosas”. Las reexaminas y ves que las cosas son peores de lo que a primera vista te pareció. Y eso te hace ser cada vez más crítico y en un momento decides dar un paso más allá y divulgar, lo más objetivamente posible, la realidad de lo que está pasando.

¿Se puede ser consciente, asumir la situación y continuar siendo una persona feliz?

¿Se puede ser feliz a pesar de conocer tan bien el pésimo estado de las cosas y la enorme inercia social que se opone a cambiar este rumbo hacia el desastre? La felicidad es un estado interior, que se basa en pequeñas cosas, en pequeñas satisfacciones por pequeños grandes logros. La felicidad es la cara de alegría de mi hijo cuando completa un puzzle, o la de mi hija cuando saca un diez en un dictado; es publicar ese artículo científico que tanto te ha costado sacar adelante o asistir a la defensa de tesis de tu estudiante; es estrechar las manos de la gente que te agradece el esfuerzo de divulgación que haces, o comprobar, algunas raras veces, que tu trabajo tiene repercusión y que consigues cambiar, aunque sólo sea un poquito, algunas cosas. La felicidad no reside en nada material y por eso, a pesar de lo dramático de la situación actual, si uno sabe que lo que persigue es justo puede ser, a despecho de todo, feliz.

¿Tenemos una visión cortoplacista respecto a la crisis que estamos viviendo?

Nuestro sistema económico se basa, siempre, en el corto plazo, no sólo en referencia a la crisis que estamos viviendo: siempre. Un gestor de fondos sabe que en sus resultados semestrales tiene que conseguir un rendimiento del 5 o del 10%, y que si falla dos semestres seguidos se va a la calle. Un gestor político tiene 4 años para intentar sacar adelante su programa, e inevitablemente la tensión por ser reelegido mediatiza su trabajo durante todo el mandato. La economía tiene que crecer siempre para generar empleo, y en ese empeño imposible de mantener indefinidamente se sacrifica lo que sea, por tal de apretar más y más el acelerador. El cortoplacismo domina todas las decisiones importantes de nuestra sociedad, siempre, así que no es de extrañar que delante de una crisis sistémica como la actual se aplique exactamente la misma receta.

¿Un cambio de modelo económico-energético puede ocasionar muchas bajas?

Depende de a qué modelo se quiera cambiar y de qué manera se quiera hacer el cambio. También cabría plantearse si no intentar implementar ningún cambio no ocasionaría muchas más bajas. En todo caso, yo abogo por un cambio evolutivo, intentando evitar una revuelta a la que, por desgracia, por la inacción delante de los problemas tan serios a los que nos enfrentamos, parecemos cada día más abocados.

Hay quien dice que ya estamos inmersos en la era tecnológica, y que causará tantos estragos como cualquier cambio de etapa vivido anteriormente.

No, yo no creo eso. En realidad se puede vivir mucho más modestamente sin grandes traumas reales; cuando yo nací (1970) la vida era mucho más modesta y éramos felices, posiblemente más que ahora. Pero es que además no tenemos por qué renunciar a toda la tecnología: en realidad a lo que no nos queda más remedio que renunciar (porque no hay recursos para ello, más que nada) es a este nivel de consumo, no de tecnología.

Y, ¿después del petróleo, qué? Apuntas al carbón como a posible fuente de energía. ¿Cómo podrá mitigarse su efecto altamente contaminante? ¿O no se mitigará, directamente?

El petróleo no se va a acabar mañana, ni tampoco dentro de 100 años; lo que pasará con el petróleo, como pasará también algo más tarde con el uranio, el gas natural y el carbón, es que cada vez tendremos menos a nuestra disposición cada año que pase. Durante un tiempo el carbón tomará el relevo del petróleo sin poder cubrir enteramente el progresivamente creciente vacío que éste dejará detrás, pero el carbón también comenzará a declinar inexorablemente, probablemente en una década a partir de ahora. Por tanto, se tiene que tener en cuenta que el carbón es sólo una estrategia de medio plazo (unas décadas, hasta que su propio declive sea tan acusado que los problemas sean graves) para preparar una verdadera transición a un nuevo modelo energético y por ende económico. El problema, por supuesto, es que el carbón es aún más contaminante que el petróleo, y que en todo caso el Medio Ambiente en general y el clima en particular ya están demasiado afectados por el consumo desaforado del siglo XX y no tenemos demasiado margen de maniobra para intentar prolongar inútilmente la agonía de nuestro actual sistema económico. Nos hacen falta alternativas, que tienen que ser consensuadas por toda la sociedad, que deben ser aceptadas por todos, desde el presidente de la gran compañía hasta el más humilde trabajador, y poner manos a la obra.

Resulta incomprensible que no se impulsen energías renovables si ya queda constatado que estamos situados en el peak-oil. Parece que no se le da mucha importancia mientras existan técnicas por impulsar como el fracking. Aunque se sepa que resultan muy dañinas.

Quizá es más comprensible si uno estudia bien lo que los sistemas de producción renovable de los que hablamos pueden realmente aportar. Y aunque la energía renovable es sin duda la única de la que dispondremos en el largo plazo deberíamos de saber, y decirlo claramente, que nunca van a aportar tanta energía como la que hoy en día nos proporcionan los combustibles fósiles y el uranio; como mucho, podrán aportar entre el 10 y el 15% de la energía total que consumimos (conviene insistir que hablamos del total de la energía y no de la energía específicamente eléctrica: en España la energía eléctrica representa el 21% de toda la energía final, y a nivel del mundo es sólo el 10% del total). El intento de algunos grupos de promocionar las energías renovables como único camino hacia un mundo sostenible les lleva a exagerar su potencial real, y eso es contraproducente porque desde una perspectiva de inversor lo que interesa es el rendimiento de la inversión, que en el caso de las renovables siempre es escaso; no es de extrañar, por tanto, que en general la inversión en renovables en todo el mundo sean muy modestas en comparación con la inversión en hidrocarburos (en España, además, la regulación del sector favorece de manera descarada los intereses de los grandes productores d electricidad). Pero, insistamos: la mayoría de la energía que consumimos lo hacemos en modo no eléctrico, electrificar muchos de esos consumos es de difícil a imposible, y en todo caso el potencial renovable no llega a los altísimos niveles de consumo actuales. Pero no pasa nada: no necesitamos consumir tanta energía; no, si abandonamos un sistema económico que necesita del crecimiento infinito, lo cual debería ser siempre el primer peso.

En cuanto al fracking, obviamente estamos hablando aquí de rebañar el plato, de un desesperado intento de mantener el status quo actual, en vano. El rendimiento del fracking es muy bajo, dado que estamos hablando de explotar un recurso de muy baja calidad (muy disperso y difícil de extraer). La única razón por la que se está intentando es por mantener la actual sociedad basada en los hidrocarburos dado que una sociedad basada en la energía renovable (la única posible en el largo plazo, insisto) no tendrá el mismo nivel de disponibilidad energética ni podrá crecer. Es un intento, como digo, a la desesperada y en unos pocos años la producción de gas y petróleo de fracking habrá disminuido más que significativamente porque no es rentable ni económica ni energéticamente. Tendremos que estar atentos a cuál será el siguiente intento de huida hacia adelante (probablemente, el carbón y la biomasa forestal) aunque ya se empezará a dejar amplias capas de la sociedad a su suerte.

Existen grupos que niegan que el fracking sea dañino y se haya convertido en una burbuja más, pero también existen grupos que niegan algo tan evidente como el cambio climático.

En ambos casos se trata de negar que es necesario cambiar porque nuestro actual modelo de hacer las cosas es inviable, y en ambos casos se trata de negar la evidencia. Del cambio climático creo que es huero hablar: miles de publicaciones científicas cada año muestran indicios cada vez más claros de las alteraciones climáticas de nuestro planeta; la última que se está viviendo muy intensamente en los EE.UU. y en el norte de Europa, las oscilaciones cada vez más acentuadas de la Corriente de Chorro Polar (Jet Stream), que provoca alternancias de semanas con olas de frío con semanas con temperaturas más que primaverales, y eso por no hablar de las máximas de temperatura que cada año que pasa son más altas en muchos puntos de la Tierra. En cuanto al fracking, aparte de los comentarios que hizo por ejemplo Peter Vorser, ex-consejero delegado de Shell a Financial Times en Septiembre pasado (“De lo que más me arrepiento es de haber invertido en fracking; ha sido un fiasco económico”) cualquier puede consultar el artículo de Dave Hughes en Nature, aparecido en Febrero también del año pasado, y comprobar como la industria del shale gas perdió sólo en 2012 al menos 13.000 millones de dólares (con pérdidas aún más abultadas en 2010 y 2011). Como explica Deborah Rogers, del Energy Policy Forum, “el fracking no es más que una burbuja financiera orquesta por Wall Street”. Es normal, sin embargo, que quienes obtienen beneficio de esta estafa, alguno de ellos muy buen situado en las esferas de influencia de este país, quiera seguir vendiendo la farsa del fracking con afirmaciones falsas como “EE.UU. ya es autosuficiente energéticamente gracias al fracking”, antes de que la burbuja, que ya está pinchando, se deshinche ostensiblemente.

Respecto al peak-oil, nuestros dirigentes deben ser conscientes de la situación, finalmente, estamos hablando de economía.

La cuestión del peak oil es bien conocida en los ámbitos técnicos y políticos, inclusive en España. El problema de abordar el peak oil es que no hay solución convencional, no hay una alternativa realista a la escala que querríamos si pretendemos mantener nuestro sistema económico y productivo tal cual, puesto que nuestro sistema económico, para funcionar correctamente, tiene que crecer siempre, lo cual implica, también, que el consumo de energía ha de crecer. Justamente cuando la energía empieza a no ser tan abundante (aunque siga siéndolo, y mucho, pero ya cada año un poquito menos que el anterior) la economía deja de crecer y empieza a contraerse. Puesto que nadie quiere oír hablar de replantearse el paradigma actual, se busca en vano esa fuente de energía milagrosa que va a permitir crecer sin cesar y a ritmo exponencial en un planeta finito, con lo que las discusiones dan vueltas en círculo sin nunca avanzar mientras se nos agota el tiempo para reaccionar adecuadamente.

Concienciar a la gente parece no ser suficiente, porque a esas grandes corporaciones el Medio Ambiente no les importa, gestionan la economía desde despachos.

Yo creo que la cosa va mucho más allá. Cuando uno va al banco y pone su dinero en un plan de pensiones, el gestor de ese plan tiene la presión de conseguir que todo el capital que han juntado muchos ahorradores como uno mismo tenga un rendimiento superior a la inflación, y eso le obliga a buscar inversiones que crecen un 5, un 10% anual, y eso de nuevo empuja la rueda hacia adelante en la dirección equivocada. Y, como antes dije, si ese gestor no hace bien su trabajo, si no consigue esos rendimientos, será despedido fulminantemente. La lógica del sistema empuja inexorablemente en esa dirección, sin que la mayoría de la gente lo comprenda y mucho menos sepa qué hacer para pararlo.

El capitalismo tal y como lo entendemos actualmente, parece estar colapsado. ¿Está condenado a desaparecer? ¿Qué modelo de transición podría reemplazarlo?

El capitalismo no está colapsado, pero obviamente el capitalismo tal y como se ha entendido durante las últimas décadas está colapsando. El colapso en un proceso, no un instante, y su culminación puede llevar varias décadas en realidad. Está claro que un sistema de corte productivista, basado en la abundancia ilimitada de recursos y en despreciar las externalidades ambientales, no volverá a ser posible en este planeta durante al menos varios cientos de millones de años, y eso incluye al capitalismo pero también al comunismo de corte soviético. En cuanto hacia qué modelo haremos la transición, es difícil de saber. Una opción simple es el neofeudalismo: unos pocos señores de la guerra controlando territorios no demasiado grandes con un montón de siervos de gleba; esta opción no parece demasiado atractiva, pero determinadas medidas que se están tomando, sobre todo la inacción delante de los grandes retos que tenemos por delante, nos llevan por esta dirección. Mejores alternativas posibles requerirían un equilibrio delicado y complicado entre propiedad privada y gestión del bien común, siguiendo los principios de la economía ecológica y con fundamentos democráticos. La transición no es fácil y según qué decisiones tomemos podemos ir a parar a un sistema o a otro, o incluso a uno diferente que no imaginemos. De ahí la importancia de pilotar el proceso de descenso del capitalismo.

El sector de la población que utiliza energías renovables se siente agraviado con el hecho de que la nueva legislación te obligue a pagar un impuesto por el Sol. Este delirio por buscar ingresos por parte del Estado se transforma finalmente en una penalización.

Hablemos con propiedad: el impuesto, ciertamente excesivo, no es por el Sol, sino por el peaje para interconectar el sistema doméstico con la red eléctrica. La red eléctrica proporciona una estabilidad al suministro doméstico, es capaz de gestionar la oferta y demanda de los sistemas domésticos y permite ahorrar en los costosos sistemas de batería que harían el autoconsumo simplemente inviable económica y energéticamente (téngase en cuenta que el decreto no afecta a los usuarios que tengan placas solares siempre que éstas estén conectadas a una red independiente de la red eléctrica general, pero claro, eso implica las costosas baterías). Es lógico que se pague por el peaje de la red, dado que mantener ésta cuesta un dinero; lo que seguramente es irracional es el precio de este peaje. Yo no creo que se busque tanto ingresos para el Estado como desincentivar la instalación de más placas solares, sobre todo en este caso a nivel doméstico: téngase en cuenta que España tiene una potencia eléctrica instalada de 108 Gw, cuando el pico de consumo eléctrico (que fue en Julio de 2008) fue de 45 Gw y el consumo medio equivale a una potencia de 32 Gw; generalmente se recomienda tener un exceso de capacidad (para poder gestionar que a veces los sistemas están parados por mantenimiento, falta de sol, de viento, etc) de entre un 50 y un 70% de la demanda pico, pero en España este exceso de capacidad es del 140%. Sobra capacidad eléctrica y las grandes compañías, que ven disminuir sus beneficios netos (si se tiene en cuenta la amortización) con la caída del consumo quieren parar esta sangría. Que el Gobierno, éste o el anterior, se pliegue a sus exigencias es una cuestión que transciende el ámbito técnico. En todo caso, conviene recordar que la energía eléctrica es sólo el 21% de la energía final consumida en España, a pesar de que cada vez que se hable de energía se suela hablar de electricidad, como si fueran una y la misma cosa; en España la principal fuente de energía final, con más del 50%, es el petróleo.

Sostienes la teoría del decrecimiento, aquella que argumenta que estamos condenados al decrecer.

El decrecimiento, más que una teoría, es un movimiento político que defiende la necesidad de decrecer, que en el fondo es decir que hay que cambiar el capitalismo, puesto que no hay capitalismo sin crecimiento. Yo no sostengo ninguna teoría ni me declaro adepto a ninguna ideología; yo sólo discuto, basándome en hechos científicos constatados, la imposibilidad física de mantener el crecimiento de la manera actual. Es una cuestión objetiva, no opinable. Cómo se tiene que articular la transición que viene, ésa es ya una cuestión política y no me corresponde a mí proponer las políticas que se deban adoptar.

China, e India, no parece que estén dispuestas a prescindir de los recursos ni a bajar la producción, y no se aprecia que vaya a existir una revolución laboral allí que cambie las cosas. ¿Qué efecto está causando esta aceleración sumada, evidentemente, a la que ya ejercíamos, por ejemplo, desde Europa y EEUU.

Pensar que una revolución laboral puede cambiar el nivel de consumo de China o la India es no entender qué es lo que está pasando con la energía en el mundo. China, India y otros países emergentes albergan las fábricas que suministran muchos de los productos que consumimos en Occidente; una gran parte de su consumo energético, por tanto, es en realidad consumo implícito nuestro. Esta externalización de la producción a otros países (con menor valor añadido y más externalidades ambientales indeseables) sirve para crear la ficción de que en Occidente se está mejorando la intensidad energética, es decir, se generan más dólares de PIB por la misma cantidad de consumo energético. En realidad, si se añade el consumo energético implicado por nuestro consumo, que se nutre de mercancías importadas, la realidad es que nuestra intensidad energética empeora. Creer que la mejora de la intensidad energética aquí es fruto de una revolución laboral y que tal modelo se podría exportar a los que fabrican lo que consumimos es no entender cómo funciona el modelo; en realidad, China e India no pueden seguir nuestros pasos porque no tienen a quién externalizar la masiva producción que ellos asumen actualmente.

Es también engañoso algo que se entiende implícitamente de la pregunta, y es la idea de que ni China ni la India no parecen estar dispuestas a prescindir de los recursos. En primer lugar, si uno analiza el consumo per cápita de energía de un chino es cinco veces inferior al de un europeo y diez veces inferior al de un norteamericano, con lo cual se ve que hay una cierta dosis de cinismo en pedirles a ellos que moderen su consumo cuando nosotros consumimos varias veces más por unidad de población (y eso sin tener en cuenta nuestro consumo de energía implícito). Pero es que encima la mayoría de su consumo de energía y de recursos es para servirnos los productos que consumimos nosotros, así que no son ellos en realidad quienes no están dispuestos a bajar su ritmo somos nosotros. Lo que sí que está empezando a pasar es que su emergente clase media empieza a consumir más, aún a una escala per cápita muy modesta si la comparamos con la nuestra, pero que obviamente se empieza a notar. Lo que está pasando es que como la producción de petróleo está prácticamente estancada desde 2005 los países emergentes, con China e India a la cabeza están aumentando su consumo porque la OCDE, y nosotros en particular, lo estamos disminuyendo (en el conjunto de la OCDE el consumo retrocede alrededor de un 3% anual, con caídas muy violentas como la de Italia, con un retroceso acumulado desde 2005 del 30% o en España desde 2008 del 25%). Es un juego de suma cero: si prácticamente la cantidad de petróleo disponible no ha variado, si ellos suben nosotros tenemos que bajar.

La presión no está sólo sobre el petróleo, sino sobre todas las materias primas. China depende muchísimo del carbón, del cual tiene grandes reservas pero que no son suficientes para sufragar su aceleración económica, y busca activamente uranio y gas. Además, China ha llegado a controlar el 97% de la producción mundial de tierras raras, indispensables para algunas aplicaciones de alta tecnología y para las tecnologías verdes más eficientes. En todo caso, la economía china es ahora mismo una burbuja de grandísimas dimensiones que está a punto de explotar con consecuencias que se sentirán en todo el planeta. Y aparte de eso, es obvio que la presión de las grandes potencias acabará por desencadenar guerras más o menos declaradas por el control de los recursos.

Crees que la pedagogía que están impartiendo actualmente personas como tú en temas centrados en el ámbito de los modelo económico-energéticos tendrá un resultado, o a veces uno se siente como un predicador en el desierto?

Es difícil de saber, pero uno siempre tiene que apostar por la vida, por la esperanza, y perseverar.

¿A qué crees que se debe que no haya más científicos, tan preparados como tú, que no se sumen a estas teorías? Hace falta imponer un poco de cordura.

En realidad hay muchos más de lo que parece e, insisto, el foco de lo que se discute no son teorías sino hechos; se puede especular sobre cuándo exactamente llegará el declive productivo de tal o cual materia prima, pero es indudable que llegará, y más pronto que tarde. No es que no haya quien sepa del tema, y bastante más que yo; es que pronunciarse públicamente le lleva a uno mismo a estar en una posición bastante incómoda. Hay que vencer muchas barreras psicológicas, gremiales y gregarias para acabar diciendo: “Sí, esto es importante; sí, esto se tiene que decir en voz alta”. A mí me llevó casi 10 años superar esas barreras.

¿Piensas que seremos capaces de realizar un cambio inteligente de paradigma?¿O solamente será aceptado cuando no quede otro remedio?

No lo sé. Nuestra ciencia y tecnología nos facilita anticipar el cambio y conducirlo correctamente; nuestro gregarismo y miedo al rechazo, amén de los intereses económicos cortoplacistas, nos lo hacen muy difícil. La Historia, eso sí, muestra que al ser humano le cuesta ser proactivo.

Dicen que los grandes cambios siempre han comenzado por pequeñas acciones, a nivel individual, como un consumo responsable. ¿Confías en el ser humano? ¿Eres optimista?

Sí, eso se dice, pero no es del todo cierto. Aunque pequeñas acciones y un consumo verdaderamente responsable (que va mucho más allá de pequeñas acciones para aliviar nuestra mala conciencia) siempre serán útiles, al menos a la escala personal, hace falta un esfuerzo de muchísima más envergadura. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Es lo único que tenemos y por eso debemos darle un voto de confianza. Soy optimista desde el momento que me dedico a divulgar el problema en vez de atrincherarme en una masía aislada en medio de la montaña a esperar el colapso.

¿Puedes realizar un pronóstico de futuro?

No, nadie puede. Lo único seguro es que el futuro será complicado y turbulento, pero el curso concreto que tome dependerá por completo de nuestras acciones. 

 Foto de la entrevista: Martí Dacosta

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